• Isabel Haces

La Crayola Blanca

Actualizado: 17 de jun de 2020

Me senté a escribir. Primero en una libreta y después aquí. En una libreta dónde la última vez que escribí para desahogarme fue hace 5 años después de una pelea con mi esposo, recién casada, por unas llaves perdidas. Escribo a lado de mi hijo mayor, quien se entretiene con unas hojas y unas crayolas, por lo tanto, tal vez sólo tenga 5 o 10 minutos para escribir. Mi esposo está en la recámara con mi bebe de 6 meses. Estamos en el día quien sabe cual de esta pandemia del Coronavirus que tiene al mundo entero literalmente de cabeza. Si esta libreta hablara diría “¿Cómo? ¿Pues de qué me perdí?” Pues sí que ha pasado mucho en 5 años.





Escribo con un dolor de cabeza intenso. Escribo en medio de vasitos entrenadores y mamilas en una mesa llena de jugo verde de bote que me dio flojera limpiar, en medio de una casa “patas pa rriba”. De repente hago pausas para sonreírle a mi hijo como para decirle “¡Qué bien te quedó tu dibujo!”. Me siento cansada.

Han sido días agotadores e inciertos. Pausa. Mi hijo me pregunta gritándome y exigiendo una respuesta. Me pregunta por qué no pinta la crayola blanca. “¿¡Por qué!? ¡Por qué no pinta la crayola blanca! ¿! Por qué no pinta!?” Así como esta pregunta, no tengo la respuesta de varias. Yo también siempre me he preguntado el porqué de la crayola blanca si no sirve para nada. Pero es una de esas preguntas que nunca sabré la respuesta.

Escucho a mi esposo al fondo diciendo “¡Ya Makena, ya no llores!” Me acabo de dar cuenta de que Pablo se salió no sólo del contorno, sino también de la hoja y ahora mi mesa está toda rayada, y no de crayola blanca.

Prosigo. Me siento cansada. Me siento agobiada igual que muchas mujeres. Entiendo que no soy la única en estas circunstancias. Daría todo por juntar a todas estas mujeres que nos sentimos así y hacer una reunión tipo AA donde diría “Hola, soy Daniela y estoy agotada”. Creo que tendría éxito. Pero en estos momentos no se puede. No debemos salir de casa. No puedo reunir a todas esas mujeres en una misma habitación. ¿Qué tal si una está contagiada y nos da en la madre a todas?

Pausa. Mi hijo que quiere cambiar la pluma por una crayola. No acepto. Prosigo. Jamás en la vida pensé vivir en medio de una pandemia. La verdad cuando había escuchado pandemias en la historia como la peste negra, la gripe española, ébola, etc lo primero que me viene a la cabeza es cadáveres tirados por las calles, personas con la cara verde, un cielo negro y un olor a podrido en el ambiente. Pero el coronavirus no ha sido así. Ha sido más silencioso. Casi imperceptible. Escuchas. Ves noticias. Te enteras de alguien que ya le dio. Ves cifras. Te asustas. Te da tristeza. Te da impotencia. Crees. Dejas de creer. Vuelves a creer. Extraño tanto a mis papás. Tan cerca y tan lejos.



Pausa. Pablo llora porque quiere sostener mi mano. Si, la que utilizo para escribir, la derecha. Quiere que le dibuje a su hermanita. Lo hago. Prosigo. Extraño a mis papás y a mi familia. Tan cerca y tan lejos. Que coraje que no puedan mis hijos disfrutar a sus abuelos y viceversa. Que coraje que se hayan perdido que Makena ya gatea, ya se para, ya come. Pablo ya dejó el pañal, Pablo ya habla. Cosas tan sencillas pero que forman parte de mi día a día y quisiera compartirlo con ellos. Pausa. Makena llora. Voy a ver que sucede. Pablo llora porque me levanté. ¡Ah! ¡Sólo quiero escribir! CONTINUARÁ…

Daniela Soberanis

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